De la vida guerrillera, a la vida civil

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Ahora ya no se levantan faltando diez para la cinco a desmontar la caleta, ajustar el equipo, e ir a formar con el objetivo de prepararse para alguna eventualidad que pudiera significar la propia vida. Esa rutina quedo en el pasado: lo que continua intacto es la moral y ética; de personas que siguen, de razón y corazón en la lucha por cambiar el rumbo del país, arrebatarlo de las pocas manos que lo manejan, y entregárselo en definitiva a los millones de hombres y mujeres del común; esas mismas personas  que anhelan acostarse en la noche sin tener que pensar que darle de comer mañana a sus hijos.

Esa vida guerrillera que iniciaba aun a oscuras, con botas pantaneras, camuflado perfecto y fusil al hombro, ya no va más. Aquella que miles y miles de hombres y mujeres escogieron para rebelarse contra un establecimiento curtido en la batalla contrainsurgente, se acabó. Esto gracias a un proceso de paz que no dio como triunfador a ningún bando en confrontación y que producto de años de diálogo y negociación, las grandes mayorías del común tienen una oportunidad histórica para materializar condiciones mínimas, que permitan acabar con las causas que originaron un violento conflicto social armado. ¡Vaya logro para la historia de Colombia!

La vida civil inicio con un fallido proceso de reincorporación que tiene como único responsable al Estado colombiano: ni siquiera fue capaz –por falta de voluntad política-de terminar las antiguas Zonas Veredales de Transición y Normalización, hoy Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación. Un Estado que pelo el cobre hace mucho, que no le interesa en lo más mínimo brindar garantías a nadie que provenga del pueblo. Esa, siempre ha sido su política

Esta vida civil que en el poco tiempo que va, ha permitido conocer en persona a quienes sueñan, quienes ríen, quienes lloran, que también sintieron temor, incertidumbre. Personas a quienes los medios de comunicación fabricaron a su antojo, o más bien, al antojo de los que se han enriquecido a costa de vidas ajenas, del dolor de millones de familias y de la tierra que fue del campesino, indio o negro; que tristemente lo que queda de nosotros nos comimos el cuento frente a la pantalla del televisor, el de máquinas de guerra por que sí.

Hoy son estas mismas personas las que siguen haciendo y sirviendo comida a los militares que por tantos años se enfrentaron, son los mismos que siguen organizando eventos grandes y llenos de arte para toda la comunidad sin ningún tipo de discriminación, los que pidieron perdón y dan la cara a la sociedad, los que hablan con la verdad, porque la verdad sana. Los mismo niños y niñas desplazados por la violencia, que hoy son hombres y mujeres militantes, que les nació una idea en la cabeza de luchar por un país mejor para las generaciones que vienen, claro, claro que fueron años de un país desgastado y desangrado económica y emocionalmente por la guerra. Hay cicatrices, secuelas, heridas, pero derramar sangre, matarnos por pensar diferente, no, eso nunca ha tenido sentido. Hace algunos años ambos actores de un conflicto se sentaron en la mesa, uno dijo que si y sobre todo, cumplió, el Estado para cuándo?

Por: Linda Campos-Juan Carlos Muñoz

3 de octubre de 2017

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