Vargas Lleras, otro oligarca a la presidencia

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Por: Alexandra Cepeda
21 de marzo de 2017

A casi un año de las elecciones presidenciales de 2018, comienzan a acomodarse las fichas en las diferentes corrientes políticas nacionales. El que primero empezó, es el exvicepresidente Germán Vargas Lleras. ¿Cuáles son sus objetivos? ¿A quiénes les hace el juego? ¿Qué posibilidades reales tiene de ser el próximo presidente? ¿Cómo sería su gestión en ese cargo? ¿Qué podemos hacer para evitarlo?

Ayer, el Senado aprobó unánimemente su renuncia a la vicepresidencia, a fin de encontrarse apto jurídicamente para hacer su campaña hacia el sillón principal de la Casa de Nariño. Atendiendo a las formalidades legales, oculta la realidad: su campaña comenzó hace rato. Sus posiciones anti proceso de paz, anti farc, anti pueblo, fueron haciendo la imagen de este oligarca vendido como demócrata, que no es nada confiable. Como buen oligarca, se pasa las leyes o las enaltece a su gusto; nadie se escandaliza, a estas prácticas estamos más que acostumbrados.

Es un candidato peligroso, ya que sus posiciones ambiguas y su buen discurso, lo ponen en una situación privilegiada para atraer apoyos en todas las corrientes pro régimen, es decir, pro neoliberalismo represor guerrerista, más público desprevenido o simplemente ignorante por culpa del mismo sistema que así nos quiere. Siempre de tradición liberal, uribista, luego disfrazado de santista para realzar su imagen de “buena gestión” desde dentro del gobierno, ahora se sale para hacer su juego con total libertad y sin compromisos. Fiel a sí mismo, especulará, muñequeará, negociará, dividirá al establecimiento para ganarse apoyos y disminuir resistencias. En Colombia, eso significa que es un serio candidato a ser presidente de la República.

Su mayor arma quizás, es el apoyo declarado de los medios masivos de comunicación, que desde hace rato lo vienen elevando por sobre el resto de los politiqueros. Recordemos quiénes son los medios, de qué se tratan las encuestas, que solo se usan para manipular a la opinión pública y al final, demuestran que nunca tuvieron una visión de la realidad social del país, sino una proyección de sus deseos.

Ante la oportunidad histórica de la paz, sus posturas no pudieron ser más ambiguas: declarado opositor histórico de la paz y de las FARC-EP (lideró la oposición a los diálogos del Caguán), mantuvo silencio durante todo el proceso. Así profundizó su simpatía con los uribistas. Posó de crítico ante los santistas dudosos con su “Paz sí, pero…”; y con sus declaraciones sobre la hora a favor del proceso de La Habana, cuajó dentro del santismo duro. En todo esto, hablamos de la gente, claro, de nosotros el pueblo, fácil de manipular por nuestra histórica falta de participación política y formación de conciencia crítica y de clase; no de los dirigentes de esas corrientes que saben muy bien a qué juega cada uno. Estos saben que la fuerza la tiene el oligarca prodigio y no va a haber mucho que puedan hacer contra esto. Tuvo libertad para hacer y decir lo que quiso, con la legitimidad de ser pieza clave del gobierno y lo más importante, con un presupuesto casi ilimitado.

El periodo presidencial que se viene luego de Santos es fundamental para la historia del país. Se juega la consolidación de la paz. Necesitamos un gobierno que la garantice. El uribismo y toda la oligarquía más rancia, ya no pueden oponerse a la paz como tal (el pueblo se paró en la raya tras el plebiscito), por lo que atacan su contenido. Ahora resulta que sí, que la paz tiene que ir, pero con los guerrilleros presos, excluidos, en la miseria (incluye a luchadores sociales, defensores de derechos humanos, dirigentes sindicales, etc.) y con los militares y civiles responsables de delitos de lesa humanidad brindando con champán. Esa es la paz de la oligarquía colombiana. Vargas Lleras presidente NO es un gobierno para la paz, a pesar que va a querer parecer como que sí; eso hay que tenerlo muy claro.

Este siempre oportunista, especulador, fascista comprobado, xenófobo, creador y defensor histórico de la seguridad democrática impuesta por Uribe (que no trajo ni seguridad ni democracia, al contrario), significaría un gobierno más de la oligarquía colombiana; es decir, una administración técnica y legalista que se dedicaría a defender los privilegios, ceder a los intereses extranjeros, aumentar las ganancias de los grandes capitales y oprimir a todo aquel que levante el puño para exigir el reconocimiento de un derecho, reclamar por la deuda social del Estado o simplemente disentir de las políticas de una clase encastrada al poder desde la muerte de El Libertador.

La única manera de evitar esta nueva catástrofe política para nuestra Patria, es tomando conciencia de la necesidad de un gobierno que garantice la implementación, que concrete el proceso de paz con el ELN y genere políticas públicas que garanticen la democratización del país y el pasar definitivamente la página de la guerra, con todo lo que esto significa. Para esto, este gobierno deberá contar con el mayor apoyo popular organizado y conciente, el cual no solo debe expresarlo con su voto, sino llenando los espacios políticos. Tenemos que aprender a leer concientemente la realidad, entender sus variables, reconocer los momentos, identificar las fuerzas propias y ajenas, ser estratégicos. En 2018, el objetivo es no dar ni un paso atrás con la paz que necesitamos y merecemos los colombianos de a pie, los que sufrimos desde siempre las consecuencias de las políticas ligadas a la guerra y el aplastamiento de la igualdad y la inclusión social.

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