Hoy es mucho más que un “día libre”

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Por: José Muñoz
8 de marzo de 2017

Hoy se celebra en todo el mundo, como hace 106 años, el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Sí, ese último apellido ha sido sistemáticamente invisibilizado, ¿por qué? Quitando lo lamentable que nuestra sociedad le haya dado un día de reconocimiento a la mujer (¿los otros 364 son del hombre?), es una jornada que busca poner en el debate público el rol de esta en nuestras formas de vida. Lo de las flores y los chocolates es una forma de banalizar este evento y desviar la atención de la reflexión (auto)crítica que realmente importa: ¿qué tanto respetamos a las mujeres nosotras y nosotros mismos?

La lucha por los derechos de las mujeres comenzó a principios del siglo pasado, reclamando la igualdad de género, lo que significa poner fin a toda clase de discriminación contra las mujeres y promover los derechos de las mujeres como derechos fundamentales que son. Es que desde el comienzo, nuestras sociedades han sido eminentemente patriarcales, es decir, organizadas socialmente de manera en que los varones ejercen la autoridad en todos los ámbitos, asegurando la transmisión del poder y la herencia por la línea masculina. Esto ha generado unos altísimos niveles de apropiación, concentración y monopolización del poder y la autoridad por parte de los hombres sobre las mujeres y otros hombres. Sin dudas, tiene que ver con el fetichismo (cosificación de las personas, personalización de las cosas) y la sobrevaloración que hemos hecho históricamente de la propiedad privada.

Este orden de vida, con el fin de asegurar la supremacía de los hombres y de lo masculino sobre las mujeres y lo femenino, impuso todo un sistema de falsos valores, apadrinado y liderado prácticamente por la iglesia católica, experta en opresión desde sus inicios. El patriarcado dominó todas las esferas de nuestras vidas, por supuesto, incluyendo la cultural. Para disimular la injusticia, creó todo un imaginario de cómo debe ser la familia y las relaciones sociales: los hombres detentan el poder, las decisiones y los altos destinos de la humanidad; las mujeres les hacen la comida, engendran a sus hijos, le mantienen en orden la casa y los satisfacen cuando a ellos les parezca necesario.

Al leer estas líneas, todo parece muy obvio y hasta absurdo. Lamentablemente, nuestra sociedad aun no tomó suficiente conciencia de ello y sigue reproduciendo generación tras generación estas prácticas. ¿Cada vez menos? Sí, puede ser… ojalá. El movimiento feminista (mujeres y hombres organizados en torno a las reivindicaciones propias de la igualdad de género) ha venido creciendo con gran fuerza en los últimos años; pero el patriarcado no se rinde ni se rendirá. Al tener en sus manos el poder político y económico, busca minimizar, deslegitimar, desvirtuar, relativizar, esta lucha política.

¿Cómo lo está haciendo? En sus canales habituales de manipulación y opresión, los medios masivos de comunicación, profesan un falso empoderamiento de la mujer: el poder es para aquellas que están buenas, que se adaptan a las circunstancias de la sociedad patriarcal y son de estratos altos, es decir, educadas por instituciones privadas afines al mismo sistema patriarcal. Para las mujeres pobres, se mantiene una débil denuncia contra la violencia, matizada por la criminalización de la pobreza y en el marco de las campañas mediáticas contra la inseguridad que legitiman la militarización de la vida y el sostenimiento de un orden rígido y conservador de la sociedad. Los estereotipos de hombre y mujer, se mantienen firmes.

Los acuerdos de La Habana pusieron sobre la palestra pública este tema, cuando los sectores más rancios de nuestra sociedad pusieron el grito en el cielo contra la tal “ideología de género”, la cual iba a destruir a la familia colombiana, volviendo a nuestros hijos gays, ateos y comunistas como por “decreto”. Claro, tienen terror de perder los privilegios que ganaron a punta de opresión violenta, legitimada por la manipulación masiva de nuestras mentes.

Debemos tomar conciencia de nuestra responsabilidad en este asunto. No es un lugar común: los cambios empiezan por nosotras y nosotros mismos. Se trata de profesar con el ejemplo, de dar debates sin tener miedo a “perderlos”, de desarrollar la autocrítica y la capacidad de proponer soluciones a las discriminaciones que vemos cotidianamente. Ojo, esta es una tarea tanto de hombres como de mujeres; el solo hecho de ser mujer, no quiere decir ser feminista; el machismo es practicado por uno y otro sexo.

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