Corrupción: Discurso vs realidad

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Por: Alexandra Cepeda
10 de febrero de 2017

El discurso de la lucha contra la corrupción vuelve a ocupar las primeras planas de la política nacional debido a las campañas electorales que ya comenzaron de cara a las legislativas y presidenciales del 2018. Ante la crisis institucional y moral que vive el país desde siempre, este tema es el caballito de batalla en todas las contiendas electorales. En el marco del proceso de paz, el cual nos plantea la oportunidad histórica de superarnos como sociedad, ¿cuál corrupción vamos a combatir? ¿Qué propuestas de soluciones existen? ¿Será que nuestra participación no comienza por exigirles qué medidas queremos que se tomen?

Otra vez la corrupción vuelve a ser el tema de moda. Si se hace un poco de memoria, será fácil reconocer el oportunismo de esta práctica. La clase política tradicional, ávida en el ejercicio de repartir la mermelada, traficar influencias, sobornos, evadir impuestos, leyes y hacer fraudes electorales, suele escandalizarse cuando la corrupción la hace el otro, saliendo por los medios a reclamar que por el bien de la patria, dejen de robar… los otros, claro.

Históricamente, en Colombia se utilizó el tema para desprestigiar a la izquierda, cuando quienes impunemente la han practicado son los políticos funcionales al régimen, los empresarios, terratenientes, los militares. ¿Cuántas campañas electorales no se han hecho ya con la bandera de la lucha contra la corrupción, financiadas por la misma? ¿Qué hicieron en sus gobiernos Santos, Uribe, Pastrana, Samper, Gaviria, para combatirla? ¿Y los otros candidatos desde los cargos que hayan ejercido? Basta con leer la situación actual para dar la respuesta: concretamente nada. Nos acostumbraron a ver televisados un escándalo tras otro, y nada cambia realmente si esperamos que el Estado lo resuelva por voluntad propia. ¿Podemos pretender que el corrupto se erradique a sí mismo en un modelo de sociedad que trae la corrupción en sus venas?

Debemos asumir nuestra responsabilidad, abandonar la indiferencia, cuestionar seriamente a los cuestionadores estrella de la corrupción, dejar de aceptar los discursos vacíos, ser más concientes y practicar la memoria. ¿Cuál corrupción queremos erradicar? ¿Las mediáticas que buscan deslegitimar políticos que con su accionar amenazan los privilegios de los corruptos de siempre, o la de los grandes negociados, esa que hace que no tengamos salud, educación, trabajo? El pueblo, como el principal afectado por esta situación, debe priorizar sus necesidades e intereses. Por eso, tenemos que darle contenido a la lucha contra la corrupción, exigir medidas concretas, presionar, proponer, concientizar a los que nos rodean. Si esperamos que la cura venga de parte del enfermo (el Estado), estamos perdidos.

Si se pone uno a leer realmente los medios masivos de comunicación, verá por donde vienen los tiros. La revista Semana, por ejemplo, habla de “un país obsesionado por el tema de la corrupción”; ¡¿obsesionado?! No tienen vergüenza. Los grandes medios, propiedad de los grandes capitales y cómplices de los políticos corruptos, narcotraficantes y paramilitares, son parte de un mismo combo que debemos controlar mediante medidas concretas. Estos ocultan la corrupción de sus dueños, la invisibilizan, poniendo su atención (y la nuestra) en otras cuestiones superfluas para los problemas estructurales del país y el futuro de nuestra sociedad. Por eso, democratizar los medios de comunicación, es también combatir la corrupción.

Fíjese la estrategia que están desarrollando ahora, posicionando “la sensación que el conflicto es un tema del pasado y un hecho cumplido”, como dice la revista antes mencionada. Están encampañados en pasar la página del proceso de paz, dándolo por finalizado, hablando de corrupción, de la campaña electoral, de las acciones del ELN y las disidencias de las FARC-EP, para reactivar el discurso de la guerra y que sigamos teniendo el mismo país toda la vida. Evidentemente (y no nos sorprende), con la insurgencia más grande ya en proceso irreversible de dejación de armas, solo buscaban el silencio de los fusiles. Al resto de los acuerdos, que buscan transformar el país y superar las causas estructurales del conflicto, no le pondrán ni media pila. Debemos ser concientes que la paz busca directamente acabar con la corrupción, resolver las causas del conflicto y sellar definitivamente nuestro futuro.

Con solo discursos no se hace nada, la acción es la única capaz de transformar la realidad. Por tanto, se necesita un plan concreto para comenzar a ganar la batalla contra la corrupción; y ese plan ya está hecho, refrendado y en vías de ser implementado: los acuerdos de La Habana. Estos afirman: “La construcción de la paz requiere además de la movilización y participación ciudadana en los asuntos de interés público”. Es que la paz es la oportunidad histórica que tenemos para cambiar los valores de la sociedad, para superarnos, generar un nuevo sentido común y terminar definitivamente con la cultura de la corrupción, su lógica de pensamiento, su manera de hacer política, para terminar con el saqueo y las prácticas fraudulentas. En vez escuchar a los politiqueros de siempre llenándose la boca hablando del tema, exijamos que apoyen resueltamente la implementación de los acuerdos. Estos plantean la participación de la ciudadanía en la construcción de la paz: El control y la veeduría ciudadana (2.2.5); Una política para el fortalecimiento de la planeación democrática y participativa (2.2.6); Medidas para la promoción de la transparencia en los procesos electorales (2.3.3.1); Medidas de transparencia para la asignación de la pauta oficial (2.3.3.2); entre otras.

“Avanzar hacia una cultura política democrática y participativa implica promover y garantizar el valor y el significado de la política como vehículo para el cumplimiento de los derechos políticos, económicos, sociales, ambientales y culturales”, es decir, que no se utilice más la política para los beneficios económicos personales y empresariales, que nos demos de una vez por todas una verdadera democracia, donde se reconozca el derecho que tenemos todas y todos los colombianos a vivir y trabajar en paz, a ser parte de las decisiones que nos afectan, a tener un sistema educativo y de salud dignos, a tener unas condiciones de vida que nos permitan el buen vivir. Con la paz estable y duradera, comenzará a morir la corrupción. Aprovechemos la oportunidad.

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