LA DÉCADA ROSADA DE AMÉRICA LATINA: Socialismo o progresismo

Por Húbert Ballesteros

18 de abril de 2016
(Extraído de Prensa rural: http://prensarural.org/spip/spip.php?article19171)

El último año político de la región muestra cómo las burguesías aliadas a sus homólogos de Europa y Estados Unidos, han emprendido una arremetida desenfrenada contra los gobiernos progresistas de América Latina. Gobiernos que se habían instalado en diferentes países del área: Venezuela, Ecuador, Bolivia, Argentina y Brasil. Es lógico pensar que los resultados que han obtenido en materia electoral, tanto en Venezuela como en Argentina y Bolivia, no son fruto de la casualidad; desde el mismo momento en que perdieron el control del gobierno, iniciaron la tarea de reconquistarlo mediante un plan que por supuesto está por ellos concebido desde antes. No olvidemos lo que dice Lenin al respecto:
“Es evidente que para abolir totalmente las clases no basta con derrocar a los explotadores, a los terratenientes y capitalistas, es necesario vencer la enorme fuerza de la costumbre y el espíritu conservador de las masas, vinculado a su supervivencia. Aunque hayan perdido el poder político incluso parte de sus fortunas,( la burguesía) sigue siendo una clase muy poderosa, cuya reacción violenta solo puede ser contenida mediante la más democrática forma de gobierno- La dictadura del proletariado”.

Las razones que las oligarquías exponen contra estos gobiernos son realmente ridículas proviniendo de ellos: lucha contra la corrupción, defensa de los derechos humanos, la pobreza de la población, etc. Todos sabemos no sólo que ellos son los responsables de la miseria y la violencia que se ha ejercido contra el pueblo, sino que además lo que realmente buscan es hacerse de nuevo con el poder político para imponer un modelo económico que únicamente ha traído pobreza y exclusión a la mayoría de la población.

Es notorio el papel que en esta ofensiva de la derecha en América Latina vienen jugado los medios masivos de comunicación: campañas de desprestigio, tergiversación y ocultamiento de la verdad son maquilladas como una supuesta “defensa de las libertades públicas” y, entre ellas, la de la libre expresión. Nada más falso que esto; en todas partes del mundo y en todas las épocas históricas, los medios de comunicación obedecen a las intereses del poder económico y no, como pretenden hacernos creer, “al más alto interés de la ciudadanía”.

El desastre que significó en materia social la implementación del neoliberalismo en todo el mundo impulsó a los movimientos sociales a generar una resistencia que en algunos países como los antes mencionados, desembocó en grandes movilizaciones y estallidos sociales: el Caracazo, la guerra del agua en Bolivia, el levantamiento de los piqueteros en Argentina contra el corralito, los levantamientos de indígenas y campesinos de la Conaie en Ecuador contra los gobiernos neoliberales de Bucaram y Lucio Gutiérrez, los avances y posterior triunfo en el gobierno del FMLN en El Salvador.

Esta politización de la lucha social trajo consigo el ascenso al poder de movimientos políticos como: Quinta República en Venezuela, Primero País en Ecuador, Movimiento al Socialismo (MAS) en Bolivia, el Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil y el peronismo kirchnerista en Argentina.

Desde 1998 en que fuera elegido Hugo Chávez como Presidente de Venezuela, se sucedieron en algunos países triunfos electorales que permitieron el acceso al gobierno a frentes políticos de carácter nacionalista y patriótico, que proclamaron su oposición al neoliberalismo y a la deuda externa.

Una parte de esos gobiernos, los de Venezuela, Ecuador y Bolivia, se proclamaron como revolucionarios, como propulsores del “socialismo del siglo XXI”; otros, como los de Brasil, Argentina, Uruguay, Nicaragua, El Salvador, y en su momento, el gobierno de Lugo en Paraguay, exhibieron programas y políticas de claro corte socialdemócrata.

Esos gobiernos surgieron en condiciones concretas: el agotamiento de las políticas neoliberales debido a su fracaso en el objetivo de superar la crisis del capital financiero internacional, en medio de agudas crisis políticas que desnudaron la corrupción y la incapacidad de los partidos burgueses tradicionales, en el escenario del ascenso de la lucha de las masas, de las clases trabajadoras, los pueblos y la juventud que se expresaba pujante y desafiante.

Las masas trabajadoras luchaban en campos y ciudades, reclamaban sus derechos y exigían nuevas conquistas, rebasaban los marcos reivindicativos y apuntaban contra los gobiernos corruptos y vendepatrias, en oposición a los paquetazos impuestos por el Fondo Monetario Internacional; en algunos países como Ecuador, Bolivia, Argentina los derrocaban desde la calle.

Estos hechos nos permitieron afirmar, en su momento, la conformación y desarrollo, a nivel latinoamericano, de una tendencia de cambio, democrática, progresista y de izquierda que incorporaba a los trabajadores, campesinos, a los maestros y estudiantes, a la intelectualidad progresista y a segmentos de las capas medias.

Es necesario clarificar que cada uno de ellos, aunque guarda coincidencias en su carácter antineoliberal con los otros, tiene matices que lo diferencian en cuanto a su relación con la propiedad privada, el capitalismo y el mercado.

Algunos políticos e investigadores, dentro de sus respectivos países y fuera de ellos, han calificado este tipo de gobiernos y de modelos de desarrollo como de “Socialismo del Siglo XXI”. Otros, la mayoría, los definen como gobiernos progresistas.

¿Pero qué es el progresismo? En general, las ideas progresistas suelen ser asociadas a las socialistas. De hecho, ambas comparten la necesidad de una reforma paulatina, puesta en marcha por vías legales y democráticas. En cambio, rechazan cualquier intento revolucionario, por considerarlo violento y, consecuentemente, perjudicial.

El progresismo es la tendencia al pragmatismo político que abarca ideologías de la centro-izquierda y ciertas posturas de la centro-derecha, formada por doctrinas filosóficas, éticas y económicas que persiguen el progreso integral del individuo en un ambiente de igualdad, libertad y justicia.

Debemos dejar claro que, aunque existe una tendencia general en la que se inscriben estos gobiernos y sus políticas, no es posible uniformarlos. Cada uno de ellos es un proceso concreto que se desenvuelve en un contexto particular, con actores sociales y económicos que actúan en correspondencia con sus intereses inmediatos, mediatos y de largo plazo.

Al cabo de un período significativo, de más de una década, y en momentos en que la ola rosada al parecer llego a su altura máxima y empieza a descender, se hace necesario hacer una valoración de esos procesos, que se convirtieron en referentes de la llamada nueva izquierda, casi que en paradigmas de lo que serían los procesos revolucionarios por vías no violentas.

Existen opiniones diversas al respecto de las virtudes o errores de esos gobiernos, respecto del fin de un ciclo, así como tesis que afirman que abrieron nuevos caminos para la liberación social y nacional, y que, a pesar de las dificultades y de eventuales derrotas electorales, permanecerán en el tiempo y el espacio, como vía para la liberación.

Es indudable que el momento de auge democrático en los países sudamericanos que han elegido gobiernos como el de Lula y Dilma en Brasil, los Kirchner en Argentina, Pepe Mujica y Tabaré Vásquez en Uruguay, la Bachelet en Chile, Chávez y Maduro en Venezuela, Correa en Ecuador y Evo en Bolivia, está en declive. Ahora estamos empezando a vivir situaciones inéditas. Protestas manipuladas por las derechas pero con algunas razones evidentes. Corrupción en el Estado protagonizada por dirigentes de los partidos de gobierno.

Del auge democrático hemos pasado a una situación paradójica de protestas e inconformidad popular que, así no sea todavía muy fuerte y profunda, debe ser una alerta para quienes se autodenominan los gobiernos de las organizaciones sociales, los trabajadores o la ciudadanía. Mucho más cuando las arcas estatales sufren por la caída de los precios del petróleo y de algunas materias primas.

Estos brotes de protesta son parte de la intervención imperial que utiliza ONGs y agencias gubernamentales de los EE.UU. como Usaid u otras, a los complots oligárquicos que intentan desestabilizar a los gobiernos, y a la manipulación de los medios de comunicación privados. Sin embargo, no debemos menospreciar el hecho de que puedan existir causas reales que justifican algunas de esas protestas.

Lo que nos interesa señalar es que existen problemas de fondo que afectan los proyectos políticos que dicen estar en camino del “socialismo del siglo XXI”. Dichos problemas deben ser identificados y resueltos para poder retomar el rumbo y el ritmo de las transformaciones estructurales que se requieren para poder satisfacer los anhelos de cambio de las grandes mayorías. Solo así se pueden profundizar los procesos democráticos para avanzar con certeza y coherencia hacia fases posneoliberales y poscapitalistas.

La bonanza de los precios del petróleo y de las materias primas (commodities) hizo ilusionar a los gobernantes progresistas con la posibilidad de mejorar las condiciones de vida de la mayoría de su población sin necesidad de realizar cambios drásticos en las relaciones sociales y productivas.

En esa dinámica los gobiernos progresistas y de izquierda realmente se han limitado a aplicar políticas asistencialistas, principalmente en las áreas de la educación y la salud, replicando los planes y programas diseñados por el Banco Mundial basados en “subsidios condicionados en efectivo para poblaciones vulnerables”, se han reversado algunas privatizaciones, renegociado contratos con transnacionales, pero en lo fundamental, la esencia del neoliberalismo y del sistema capitalista no ha sido intervenida ni tocada.

Se argumenta que no existe la suficiente correlación de fuerzas para intentarlo. Esta es una verdad de a puño, pero la correlación de fuerzas no llega por razón de la gravitación del planeta, esta debe construirse, día a día, con el movimiento sindical, con el campesinado, con todos y todas las trabajadoras y con aquellos sectores de la clase media que consideremos pueden ser proclives a un modelo económico distinto al neoliberalismo, a un sistema político democrático y a un país con soberanía.
Cárcel Nacional La Picota, Pabellón de Alta seguridad
Bogotá abril 16 de 2016

 

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